
Los aromas impregnan hasta las vísceras,
revolucionan la percepción,
identifica a las cosas y les da vida propia.
Huelen a miel, a aceite, a verde, a frescor.
Todo huele y se hace oler:
las señales que no sabemos deducir
por carencia humana.
Esa carencia no es olfativa,
es de voluntad.
No queremos oler.
Nos mediocrizamos -si se me permite la expresión-,
porque ¿para qué?...
"Que huelan los perros,
si total los hombres fuimos concebidos
para ser olidos.
Que me huela mi entorno,
que me huela Dios;
que me huelan que apesto
las desdichas de mi repugnancia".
El olor apesta de egoísmo y mediocridad.
"Que el viento se ocupe de disipar mi mierda;
ya bastante estoy ocupado cagándome en todo,
que se me van las energías".
El olor se volvió polvo, sombra, nada.




