
Aquella isla austera se sacudió en sus propios cimientos cuando se pobló, insospechadamente y por contagio, de especies de lo más variadas. Trece días bastaron para formar una comunidad relativamente estable. En el lado Norte se asentaron los Terrestres Adaptados al Agua. En este margen se desarrolló el único caracol Achatinidae en leguas. Su despertar, fusión pura, se remonta al día 4, cuando de manera sacra y solemne, una tonina grisácea atravesó como saeta la densa bruma del amanecer.
Los días precedentes de colonización sólo se podía advertir un movimiento de tribu, homogéneo y en conjunto. A partir del mágico nacimiento de este nuevo Ser, el Contacto amenazó con ceder su lugar a la Soledad. La misma obedece más bien a la condición de hermafrodita de este caracol: al tener su organismo la capacidad de producir tanto espermatozoides como óvulos, la babosa no tiene la necesidad fisiológica del encuentro; no vislumbra más remedio que replegarse para sus adentros en busca del cálido refugio de su caparazón. Esa autosatisfacción determina su solitario devenir.
Pero el resto de los habitantes de la isla seguía aferrándose a su instinto gregario. Hacia el trigésimo segundo atardecer, los endogrupos mantenían lazos efectivos de intercambio, afianzando la comunidad de los Terrestres Adaptados al Agua. Naturalmente, las distintas sociedades privilegiaban sus aptitudes y capacidades de sobrevivencia en detrimento de los círculos vecinos. Con todo, hubo destellos de agresión intra e intertribales, principalmente por el alimento como factor de pugna.
Pero en el Sur no es lo mismo. El Sur es tierra virgen, inexplorada. Las huellas no son más que las del viento. El sonido, vaivén de la marea. Este margen proyecta un espacio de luz omnipresente, perfuma un néctar de fragancia inédita, donde lo corpóreo no es dable, mas sí lo divino. La atmósfera aquí flota en un sin-tiempo armónico y universal. Un manto de caricias de Energía regocija la Conciencia en manantial indecible.
La lluvia de cristales del día 49 no afectó aquí tal proyección. Pero el lado Norte sí padeció los embates de un fenómeno inesperado. El refugio de los escorpiones quedó atorado, lo mismo que el sendero de sauces que conduce al riacho de agua dulce donde reposan los cormoranes de paso. El caracol se guareció en su coraza, amilanado por la estridencia del acto. Los seres dispersos bregaban por la protección de sus pares. Se movían en manadas de un lado al otro sin éxito. Cuando creían estar sobreviviendo, debían evacuar rápidamente el refugio ante la repentina y feroz intensificación del diluvio. El paisaje verde y ocre, antes manso, estaba bañado de rojo carmesí, sangre dispersa de la fatalidad. Y quedó desolado y aún más manso.
A menudo uno se siente cual si fuera un espejo: tiene cierto brillo intrínseco, propio, pero hace resplandecer al otro, rezagando la confirmación de su identidad. La caída premonitoria de aquellos cristales y el milagro de quedar ileso ante la debacle, caló hondo en la conciencia de la babosa. La angustia de otrora se transformó en esperanza ante el mañana. Se sintió regocijado en un momento que fue solemne, celebrando la existencia. La soledad lo premió esta vez con la claridad revelada, fresca brisa que alivianaba su devenir.
Y se fue andando, arrastrándose entre cadáveres podridos y vegetación reseca, retoños que no fueron y endebles, centenarias tortugas sin ánimos de luchar. Su laborioso andar, lento pero constante (la categoría “lento” -como el tiempo y como todas las demás- es relativa; al no tener pares a su alrededor, ya no lo sería respecto a nadie, aunque sí ni más ni menos que respecto a sí mismo), iba dejando tras de sí a las comunidades de arrayanes tumbados, que supieron coronar, antes en pie, de un rojo arrayán – como tal tono no hubo otro – el umbral del Norte. En su segunda jornada ininterrumpida deambulando y en ayunas, no tuvo más fuerzas y, con las exiguas sobras de sus energías, logró llegar a un arroyo de agua dulce, donde bebió repetidas veces hasta recuperarse del trajín. Mientras descansaba bajo la sombra de una gruesa hoja de eucalipto, se desató una lluvia cada vez más intensa que remitió inexorablemente al caracol a aquella catástrofe que le cambió la vida – hace una eternidad. Tiritando de espanto sobre un colchón de hiedra bajo el árbol que seguía regalando sombra, y replegándose nuevamente en su caparazón, se entregó a su destino, en un arduo proceso que duró hasta que escampó, a la par del alba.
Si bien el diáfano clima comenzaba a ceder, el caracol Achatinidae se mantuvo inquebrantable en su postura dentro del capullo que lo protegía. Encontró muy adecuada la ocasión para generar Meditación, hasta llegar a lugares inconmensurables de su propia conciencia. Su Yo se corría para liberar en dosis cada vez mayores el inconsciente que estaba recluido en una jaula en algún espacio de la mente. En este proceso de introspección, la no-razón ganó terreno frente a los pensamientos que lo invadían, fuente de todas sus angustias.
De ahí en más, todo fluyó de una manera inabordable. El Sur. El caracol. Héroe que se rescató a sí mismo... Una luz ambarina lo atrapó. El caracol, entregado a lo excelso del suceso, cubierto por un manto de aromas a imágenes, sabores a sonidos que no remiten a nada antes percibido, se arrastraba en su fragilidad, mientras se perdía en la espesa bruma.